El orgullo de limpiar culos !!! Hoy volví a escuchar " trabajas limpiando culos" y no es ni la primera ni la octava vez que lo escucho. Y siento la necesidad de reivindicar mi trabajo y de gritar al mundo lo orgullosa que estoy de él. Si señores y señoras, orgullosa de limpiar culos, cortar uñas, lavar cabezas, vestir, duchar, alimentar y cuidar a personas entre otras cosas , si si PERSONAS, la mayoría en su última etapa de su vida y que no pueden hacerlo por si mismas y necesitan ayuda. Pero vamos a resumirlo en "limpiar culos". Ya estoy un poquito harta de las connotaciones negativas de esta expresión que va íntimamente ligada a mi profesión. Esta claro que no todos valemos para todo. Yo por ejemplo no podría trabajar en algo que me exigiese mentir, como un político o algo por el estilo.Por el contrario enfrentarte a la mia es como lo último de lo último. Yo les digo que la mayoria que nos clasifican asi nunca necesiten que nadie les "limpie el culo" que: ojalá nunca necesiten que alguien lo haga. Pero si llegado el momento eso fuera necesario, cualquiera de mis compañeras que son unas profesionales o yo estaremos dispuestas a ayudarte y de hacer que tengas la mejor calidad de vida posible, y siempre con buen humor y amor. Ahora van decir cual es el trabajo realmente importante para las personas como nosotras las auxiliares pero por favor, no utilices la expresión "limpiar culos" con desprecio, porque tal vez un dia alguien tenga que hacerlo por ti y creeme que te vas a sentir agradecido ❤.
Dos mujeres en la puerta de una residencia de mayores en el barrio madrileño de Carabanchel. E.P./Jesús Hellín
Mi abuela murió durante el 15M. Me acuerdo de cómo recibimos la noticia de una muerte anunciada sentadas en la Puerta del Sol. Recuerdo a mi hermana, a mi primo y a mí abriéndonos camino entre la gente y sus pancartas camino al tanatorio. Recuerdo el vértigo de ese trayecto como en esas escenas de película donde la gente se mueve densa y despacio, mientras el protagonista intenta avanzar a empujones.
En estos días de sobreinformación descubro que nuestro nivel de tolerancia a las malas noticias crece peligrosamente y me aterra hacernos inmunes a ese dolor, porque la inmunidad, como dice un tipo listo, carcome los huesos. Pero hay un tipo de noticias que golpean duro en el pecho y sobre las que no me atrevo a hacer clic; las que hablan de las residencias de mayores.
No se si habéis estado en una residencia de ancianos alguna vez, o con la asiduidad suficiente para naturalizar ese ecosistema silencioso en el que viven miles de personas en nuestro país. El olor, esa mezcla de carne anciana, de puré de verduras, de pañales usados y de desinfectante. El deprimente sonido de fondo del programa de María Teresa Campos las tardes de domingo. Los lamentos, los llantos en las habitaciones que acabas por no escuchar. El plástico amarillento de las bandejas, de las sillas, de las paredes. El polvo sobre las plantas artificiales. Las bocas abiertas en las sillas de ruedas, la baba cayendo, mirando al vacío.
Si conocéis todo esto, también sabréis de las miradas tristes que intercambian esos familiares que se encuentran puntuales en las tardes de visita, porque mi madre, como mi abuela, con esa abnegación manchega de cuidar hasta el agobio, no faltó una sola tarde de todos esos años. Siempre llevaba consigo pinturas, fotos, y también toallitas para quitarle a mi abuela de entre los dedos la mugre de hurgar en los platos, porque no había suficientes manos para atender tantos abuelos en el comedor.
Mi madre pedía todos los días una cuchara, porque se negaba a la indignidad de meterle una jeringuilla en la boca para comer, porque, en la urgencia de los turnos de comida, a mi abuela se le habían ido cayendo los dientes de abajo a cucharazos.
Mi madre bordaba el nombre de mi abuela en cada jersey y cada rebeca, porque su ropa se perdía, día sí y día también, en los turnos de lavandería. También lo hicieron su anillo de bodas y su medallita, hasta que acabamos por quitarle todo lo que le hacía ser ella. Mi madre perseguía hasta caer mal a todas las trabajadoras para comprobar que alguien estaba pendiente de las pastillas, porque alguna vez las encontramos tiradas bajo la cama.
Mi madre nunca se perdonó meter a mi abuela en una residencia después de años conviviendo con el alzheimer, un alzheimer que casi rompe la familia. Durante un tiempo la intentamos sostener en nuestra casa con Consuelo, una cuidadora maravillosa que venía de Buenos Aires y que cumplía años el día de Navidad. Una vez nos confesó que ni siquiera era argentina ni se llamaba así, y que eligió cumplir años el mismo día que Jesucristo cuando falsificó los papeles para venirse a Madrid, pero ya nos daba igual. Por aquel entonces la crisis ya había estallado, la Ley de Dependencia que tanto habíamos celebrado se hacía esperar, y mi madre se ahogaba entre el trabajo y la casa, la enfermedad y la familia. Como las subvenciones no llegaban, la ingresamos en la residencia más cercana, una perteneciente a una famosa cadena privada que también tiene spas y balnearios, y que nos cobraba casi dos mil euros mensuales por dejar a mi abuela existir en sus instalaciones. Porque eso era básicamente lo que hacían, existir. La tarde del ingreso fue una pesadilla: no se cuantas veces se dio la vuelta mi madre para mirarle a los ojos antes de salir a la calle.
Si no hubiera sido por las visitas de cada tarde, el deterioro de mi abuela hubiera sido meteórico: nadie merece pasar los días mirando al techo, agarrada a una silla, con Telecinco de fondo. Fue el cuidado familiar, una vez más, lo que hizo digna la vida en la indignidad de aquel asilo. Eso y por supuesto, el trabajo de aquellas mujeres, auxiliares, sanitarias, terapeutas, animadoras, celadores, que seguían poniéndole cariño a su trabajo, pese a que no llegaran a los ochocientos euros en la nómina, ni librasen ningún fin de semana.
Los años pasaron. Consuelo volvió a Buenos Aires, y la casa de mi abuela, que ahorró peseta a peseta desde que perdió una guerra y llegó a Madrid, se quedó congelada en el tiempo, con esa foto que tanta rabia me daba de Felipe González encima de la tele. Después la vendimos para poder pasar los años durísimos de la crisis, así que se puede decir que, en otro gran gesto de abnegación y de cuidados, la casita de mi abuela nos salvó la vida.
Al final, el dinero de la Dependencia llegó, con carácter retroactivo, eso sí, pero nos terminó llegando. Fuimos afortunadas, de hecho, porque poco después, las reformas del Sistema de Dependencia eliminaron la retroactividad, recortaron las ayudas y alimentaron los sistemas de copago. Las residencias privadas, como la de mi abuela, donde prima la codicia de las leyes del mercado, con sus liderazgos despóticos, sus casos de maltrato silenciados en la prensa, su comida basura, sus contratos temporales, crecieron en la Comunidad de Madrid como la espuma durante esos años. Y las trabajadoras de entonces siguen siendo precarias ahora, pese a estar sosteniendo la vida entre sus brazos. Como mi amiga Ana, que hoy, mientras escribo, ha recibido por fin la baja por coronavirus tras dos semanas advirtiendo a su jefa de que no podían trabajar en esas condiciones. Ana, que tampoco se llama así pero cuyo nombre no escribo por miedo a las represalias, que hace macetas con yogures y flores con pajitas con las residentes. Ana, que sabe la historia y el nombre detrás de cada uno de esos cuerpos arrinconados en sillas de ruedas que cuesta mirar. Ana, que se compró una peluca para hacerles de Raffaela Carrá en Navidad y un maillot morado para bailar como Madonna. Decidme si eso no es amar tu trabajo.
Las trabajadoras como Ana, como mi madre, como mi abuela, están sujetando el mundo estos días, como siempre han hecho. Pero sigo leyendo que los grandes señores analistas escriben sobre pedir estímulo fiscal al G20 o eurobonos al BCE. Me temo que no se han enterado todavía de qué va todo esto, aunque las pesadas de los cuidados y el género ya lo venían advirtiendo hace años: iba de poner la vida en el centro. Como he leído por ahí, si no tienen ustedes alma, por lo menos, saquen la calculadora.
Me ha costado años que saliera de mi cabeza la imagen de mi abuela en la residencia y volver a recordarla con sus batas de colores y su permanente de peluquería. La imagen de su cuerpo cetrino, retorcida entre los cinturones de contención de la cama, me persigue todavía, como les perseguirá a muchos ahora la de la muerte en soledad de los suyos, esa última imagen viva pixelada en una tablet, en un hospital, en su casa, o en el asilo. Como nos debería perseguir a todos la de esos cadáveres en residencias privadas, que se han muerto solos, porque lo duro no es morirse sola, no. Es vivir sola.
Hoy, cuando hago clic en las noticias que no quiero leer, antes que la tristeza, vuelve el rencor, que es peor que la tristeza y que sacude las paredes de la cabeza por las noches. Porque sí, tengo rencor, y tengo rabia, y tengo una lista muy larga y clara de responsables, no de un puñetero virus, sino de haber mercadeado con los cuidados, con los vulnerables, con las enfermas, con la vida. Pero más grande que ese rencor es la certeza de que somos muchas las que queremos echar cuentas, somos muchos quienes queremos construir -y no destruir- vidas dignas, sostenernos, no volver a morirnos solos. Somos muchas las que no queremos salir de ésta indemnes, ni inmunes, sino vulnerables al dolor y a la fragilidad de los otros y de nosotras mismas. Tengo rencor y rabia, sí, pero sobre todo tengo ganas de remangarnos y articular la resistencia. Como cuando se murió mi abuela, en el 15M.
viernes, 3 de abril de 2020
La ayuda a domicilio pide que se limiten los servicios a realizar
LAS TRABAJADORAS SIGUEN RECLAMANDO MÁS MEDIDAS DE PROTECCIÓN Y MAYOR INFORMACIÓN
ARANTXA LOPETEGI 03.04.2020 | 00:04
DONOSTIA – El servicio de ayuda a domicilio continúa firme en su exigencia de prestar la atención que sea necesaria, no la que se pueda evitar, y realizarla con todos los medios de protección necesarios.
Eukene Pardo, delegada de Prevención de las trabajadoras de Aztertzen (empresa que presta el servicio de ayuda domiciliaria en Donostia) y representante del sindicato Asade, volvió a insistir ayer en la necesidad de proteger a unas profesionales que realizan una labor considerada "esencial", y que atienden a uno de los colectivos más vulnerables frente al COVID-19, el de las personas mayores.
Las trabajadoras de ayuda a domicilio, explica Pardo, en ningún momento se han negado a prestar los servicios fundamentales a las personas usuarias, desde los cuidados personales (aseo, higiene, vestimenta, alimentación...) ni las tareas de limpieza del hogar básicas en el caso de las personas dependientes o que no pueden efectuarlas.
Pero, y por este motivo registraron un escrito en la Inspección de Trabajo, consideran que, dadas las circunstancias en las que desarrollan su actividad, los trabajos de limpieza no necesarios deberían evitarse: "Lo que pedimos es no tener que limpiar cristales a alguien que cada día baja a la compra y que, en muchos casos, tiene hijos que le puedan ayudar".
"Tenemos el mismo protocolo que antes. Después de las denuncias y las respuestas que nos han dado, de no aceptarnos estos servicios, nadie nos aclara nada", explica Pardo.
Y es que, añade, están acudiendo a domicilios en los que pueden estar trabajando con personas asintomáticas e, incluso, a algunos en los que no se les ha informado de la aparición de dichos síntomas en la persona usuaria. "En algunas ocasiones hemos sabido que alguno de los usuarios del servicio tenía coronavirus cuando lo han ingresado y hasta entonces hemos ido a su domicilio. Tras el ingreso es cuando nos avisan que nos quedemos en cuarentena", explica la representante de Asade.
Como respuesta a sus demandas, añade, la delegación territorial de Trabajo y Seguridad Social de Gipuzkoa resolvió "anular la paralización parcial de la actividad", tal y como fue planteada por las delegadas de Prevención de Aztertzen, por lo que, apunta la portavoz de Asade, la situación de las trabajadoras de ayuda a domicilio no ha mejorado de forma sustancial estas semanas.
Esa respuesta, apunta Pardo, se basa en un "desconocimiento" de la naturaleza del trabajo de ayuda a domicilio. "Nosotras, sin duda alguna, íbamos a prestar servicio a las personas que lo necesitan, pero con el riesgo existente no creemos que sea el momento de pasar la mopa a quien puede hacerlo o cuando lo pueden hacer sus familiares", destaca.
COMO EN OTROS LUGARES "Pedíamos algo que en distintos municipios del Estado ya se ha hecho, nada más", abunda.
Respecto a las EPIs y las medidas de protección, la representante de Asade asegura que hay importantes lagunas. "El Ayuntamiento ha enviado a los usuarios una carta pidiendo que se tomen la temperatura para saber cómo están. Son personas mayores y, si no les da la gana, no lo hacen y tampoco nos dejan hacerlo a nosotras. Vamos a esas casas y no sabemos lo que hay".
"Somos esenciales, según dice el Gobierno del Estado. Pero aquí pedimos EPIs y nos dicen que se está actuando según el protocolo de Osakidetza. Después de insistir mucho, ya nos dan una bata por servicio, pero no tenemos geles. Nos piden que nos lavemos con agua y jabón en casa del usuario. Solo si ellos quieren compran papel para secarnos porque si no hay que sacarse con la toalla usada en esa casa o llevar tu propio material", informa. "Tenemos mascarillas quirúrgicas pero nos la dan si el usuario tiene una enfermedad respiratoria y queremos mascarillas de mayor protección. Los usuarios si quieren se ponen las suyas y si quieren, no", concluye.
"Para entrar a un supermercado hay que ponerse guantes, gel, respetar distancias... Y está bien, claro que sí, pero nosotras vamos a domicilios en los que no se pueden mantener las distancias y sin las medidas de protección adecuadas", concluye Pardo.
"A veces nos hemos enterado de que un usuario tenía coronavirus cuando ha ingresado"
1.000 euros de multa a Clece por cada día que su plantilla esté sin mascarillas
La empresa debe proporcionar a los trabajadores que asisten a domicilio a personas dependientes, el material sanitario necesario para proteger su salud
Un Juzgado de lo Social de Las Palmas de Gran Canaria ha condenado a la empresa contratada por el ayuntamiento de esta ciudad para prestar asistencia a domicilio a personas dependientes, Clece, a pagar una multa de 1.000 euros por cada día que pase sin que todos los trabajadores de ese servicio tengan mascarillas, guantes, batas desechables y gel desinfectante.
El criterio de esta resolución es completamente opuesto al que este mismo lunes estableció otro Juzgado de lo Social de Santa Cruz de Tenerife respecto a ese mismo servicio en el Ayuntamiento de su ciudad, también al cargo de Clece, cuando el sindicato UGT le pidió que conminase a la empresa a facilitar de inmediato equipos de protección individual (EPIs) a toda su plantilla o suspendiera el trabajo hasta que ese material estuviera disponible.
La juez tinerfeña rechazó la petición de UGT por considerar que no se podía condenar al Ayuntamiento y a la empresa Clece "a cumplir una orden que resulta materialmente imposible según las leyes de la lógica y la realidad, dada la escasez de esos materiales que hay en estos momentos en España en plena emergencia sanitaria por el coronavirus, un hecho que para ella era notorio y público".
Y tampoco aceptó que se suspendiera el servicio de atención a domicilio hasta que llegaran los EPIs, porque la tarea de esos trabajadores tiene "tal importancia que, en caso de no prestarse, la vida de un gran número de usuarios correría extremo peligro", advertía.
En un auto dictado el día 19, el Juzgado de lo Social número 8 de Las Palmas de Gran Canaria sostiene todo lo contrario: los trabajadores de asistencia a domicilio a personas dependientes "han de asimilarse al personal sanitario", por lo que deben contar con medios para proteger la salud y la de los ciudadanos a su cargo, "mayores o ancianos en su inmensa mayoría, con un altísimo nivel de riesgo frente al Covid-19", subraya.
En esa resolución, el Juzgado de lo Social de Las Palmas de Gran Canaria concedió a Clece un plazo "improrrogable" de 48 horas para que proporcionara a la plantilla de ese servicio de mascarillas, guantes, batas desechables y gel desinfectante.
Cumplido ese plazo, este lunes, el mismo juez dictó otro auto en el que daba a Clece 24 horas para cumplir lo exigido, con el apercibimiento de que a partir de entonces le impondría una multa de 1.000 euros por cada día que su personal carezca de EPIs.
Las trabajadoras del Servicio de Ayuda a Domicilio (SAD) han dado la voz de alarma. Cada día recorren cuatro o cinco casas para atender a otros tantos usuarios, principalmente personas mayores y dependientes. Lo hacen sin más protección que la que han podido conseguir, por lo que exigen al Ayuntamiento y a la empresa concesionaria que les proporcionen el material básico que necesitan para evitar contagios por coronavirus.
«Vamos de casa en casa a pecho descubierto y ya hay varias auxiliares que han tenido que ponerse en cuarentena por positivos de usuarios. Es una locura», denuncian las delegadas de prevención del comité de seguridad y salud del SAD donostiarra. Con una plantilla de unas 420 personas y alrededor de 1.500 usuarios, este colectivo mayoritariamente femenino supone «un riesgo importante de contagio» en esta crisis sanitaria, tanto para las personas a las que ayudan como para sí mismas.
«Nos han dado unas pautas de actuación, pero no el material adecuado para ponerlas en práctica. Solo tenemos mascarillas para los casos de usuarios que presentan patologías respiratorias o utilizan respiradores artificiales. Tampoco nos dan guantes y el poco equipo de protección del que disponemos lo tenemos que repartir con cuentagotas para que no se acabe. La situación es caótica. Estamos desbordadas», advierten.
Tal es su estado de inquietud que algunas trabajadoras han conseguido «por su cuenta» geles, mascarillas y otros elementos de protección. «Los profesionales que prestamos este servicio somos muy responsables, pero nos aterra contagiar al usuario, a su familia o a la nuestra. Nos sentimos totalmente desprotegidas y la inseguridad y el malestar van en aumento. Falta información y los recursos de que disponemos no están adaptados a las pautas que nos dan», señalan.
Las delegadas de prevención del comité de seguridad y salud del SAD aseguran que los protocolos contra el Covid-19 «no están claros». «Este es un grave problema sanitario, pero como el servicio se presta en los domicilios y no en un centro es invisible, parece que no existe. Estamos realmente preocupadas», subrayan.
Cifras
1.500
donostiarras son usuarios del Servicio de Ayuda a Domicilio (SAD) que presta el Ayuntamiento a través de una empresa concesionaria y que atiende a personas mayores y dependientes.
420
personas trabajan en el Servicio de Ayuda a Domicilio. Cada auxiliar acude a diario a entre cuatro y cinco viviendas particulares y ofrece al usuario ayuda para vestirse, asearse, alimentarse, tomar la medicación y otras necesidades básicas.
458.010
horas de atención del SAD recibieron los usuarios en 2019, cifra que supone un incremento de un 4,37% respecto al año anterior.
90%
de las personas que prestan este servicio público de carácter social son mujeres.
Ante la pandemia de Covid-19 y al ser población de riesgo por su edad, muchos usuarios han optado por cancelar las visitas de las auxiliares del servicio, una circunstancia que según el sindicato CC OO «tendrá consecuencias laborales» para las afectadas. También para los propios receptores de la ayuda. Hay que recordar que entre las tareas que desempeñan las trabajadoras se incluyen compra y preparación de alimentos, lavado y planchado de ropa, limpieza de la vivienda, aseo personal, ayuda para levantarse, acostarse e incorporarse del asiento, ayuda en el vestir y en el comer o control y seguimiento de la toma de medicación.
Para tratar de aclarar la situación y solucionar el problema, han enviado un escrito a los responsables del departamento de Acción Social, quienes al igual que la empresa adjudicataria ya han sido informados de las quejas y demandas del SAD.
Acción Social busca material
Desde el Ayuntamiento explican que se trabaja «desde hace dos semanas» para dar al servicio la cobertura preventiva que precisa. El problema es que se están topando con la escasez de material que afecta a toda la atención sanitaria. «Estamos intentando conseguir encontrar mascarillas por tierra, mar y aire. Por fortuna, los guantes de caño largo llegarán pronto», anuncia la concejala Ai-tziber San Román.
La delegada jeltzale apunta que «no estamos parados y desde el inicio de la crisis disponemos de un protocolo específico para el SAD diseñado por Osakidetza, cuyos consejos y criterios se están siguiendo de manera escrupulosa». Ayer mismo, la empresa que presta el servicio recibió unas píldoras formativas que deberá transmitir a las auxiliares, en las que se les enseña cómo y cuándo ponerse y quitarse el equipo de protección individual. «Es muy importante que el material sea bien utilizado, porque si no no sirve de nada ponerse mascarilla y guantes», apunta.
San Román se muestra comprensiva con la preocupación de las trabajadoras. «El miedo es el miedo, pero que sepan que hacemos lo imposible por que llegue el material que necesitan».
En el decreto ley se reconoce a todos los trabajadores, que acrediten deberes de cuidado a raíz de las medidas tomadas o de las circunstancias generadas por el coronavirus, el derecho a acceder a la adaptación de su jornada o su reducción.
Entre las circunstancias excepcionales que pueden justificar estos cambios están el cierre de centros educativos o residencias o la ausencia de quien se encargaba hasta ahora del cuidado de menores o dependientes.
La reducción de jornada, añaden, no requerirá preaviso alguno, más allá del que derive de la buena fe y no estará limitada en su disfrute por porcentaje mínimo ni máximo pudiendo llegar incluso al 100% de reducción y sin que puedan ser sancionados o despedidos.
No se establece la figura de una prestación de la Seguridad Social que compense esta reducción.